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Trasmoz la ciudad maldita

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Estoy convencido de que la mayoría de la gente cree que las maldiciones no existen y que sólo son invenciones fortificadas por la ignorancia y la superstición. En 1511, sin embargo, se lanzó una maldición con el apoyo del Papa a todo el pueblo español de Trasmoz, al pie de las montañas de Macayo. Se trata de un asentamiento muy antiguo, pero que fue escenario de enfrentamientos muy sangrientos y, sobre todo, de una rebelión contra la Iglesia, que en su momento incluso gobernaba a los reyes.

El secreto de Trasmoz

En cuanto a la maldición, todo comienza alrededor de 1200 cuando los primeros bandidos de la región eligieron a Trasmoz para iniciar un ingenioso y muy rentable negocio. En ese momento los bordes de las monedas no estaban estriadas y una manera muy simple de crear dinero falso era raspar parte de las monedas y luego golpearlas para que, aunque menos espesas, tuvieran el mismo tamaño. Una vez hecho esto, el metal retirado se fundía y se creaban monedas falsas.

La estratagema era realmente buena para la época y la gente de la región no investigaba demasiado sobre ella. El problema, sin embargo, eran los continuos ruidos provenientes de las forjas subterráneas, los continuos golpes del metal y el derrame de los calderos que, además de emitir nubes de humo, creaban en los cimientos de la ciudad un característico color rojo brillante que llegaba a la superficie.

Había mucha gente involucrada, incluso muy influyente, y la justificación más creíble que se encontró fue que la ciudad era un lugar de encuentro para brujas y herejes. Además, para asustar más a los habitantes, circulaban rumores de que había un mago llamado Mutamín en el castillo de la ciudad.

La excomunión de Trasmoz

Y la gente lo creyó durante mucho tiempo, hasta el punto de que el pueblo de Trasmoz fue conocido como refugio de brujas. Desafortunadamente este rumor, un par de siglos después, se convirtió en un arma de doble filo y la Iglesia aprovechó para tomar posesión de los muchos recursos de la comunidad (minas de hierro y plata, reservas de madera y mucha agua).

El pretexto era un antiguo tratado que excluía a Trasmoz de pagar impuestos al cercano monasterio de Veruela. Las voces de las brujas que practicaban ritos paganos habían existido durante mucho tiempo y el obispo de Veruela aprovechó la oportunidad para diseñar una forma de tomar posesión de todo el pueblo. Como la presencia de herejes y brujas estaba “comprobada”, pidió al arzobispo de Tarazona que excomulgara el pueblo. De esta manera, los habitantes ya no podrían ir la misa o confesarse y se verían obligados a ir a otro lugar.

El pueblo, sin embargo, en lugar de pedir perdón a la Iglesia por un pecado que no tenían, confesó su inocencia e insinuó lo que estaba claro para todos: que el obispo sólo quería tomar posesión de sus recursos. Comenzó una disputa, inicialmente hecha de travesuras y rencores, como desviar los canales de agua o detener los carros con suministros, pero terminó en una verdadera declaración de guerra. Pedro Manuel Ximénez de Urrea, el señor de Trasmoz, amenazó con la destrucción de Veruela y el rey Fernando II tuvo que intervenir para evitar un enfrentamiento directo con la Iglesia. La razón fue dada a los ciudadanos de Trasmoz, pero esto no puso fin a la disputa.

La maldición sobre el pueblo

En 1511 el abad de Veruela, con el permiso explícito del Papa Julio II, lanzó una poderosa maldición sobre todo el país y sus descendientes citando el Salmo 108 del Libro de los Salmos, el instrumento más poderoso que la Iglesia tiene para lanzar una maldición.

Puesto que la maldición fue lanzada a instancias de un Papa, sólo otro Papa pudo eliminarla. Pero hasta la fecha ningún Papa lo ha hecho y Trasmoz sigue siendo un país excomulgado. Ese anatema tuvo el resultado tan esperado. La comunidad comenzó a decaer, en 1520 el castillo fue incendiado y la población comenzó a dejarlo para otras ciudades.

Hoy las calles están vacías, las casas derrumbándose y casi no hay comercio, excepto el de temporada de souvenirs para los pocos turistas. Quedan poco más de 60 habitantes y todos están esperando que el Papa cancele la maldición lanzada hace más de cinco siglos.

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